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viernes, 23 de diciembre de 2016

DIOS SIEMPRE MANIFIESTA SU AMOR


Queridos amigos; en este año me ha parecido muy oportuno en esta ocasión reflexionar un poco sobre la navidad en clave de la humildad, amor y gratitud a Dios.

Dios nos ha enseñado ser humildes, desde que nace. Él, que es el Sumo Creador, bien hubiera podido nacer en un palacio lujoso, pero ha preferido un establo, ni siquiera una casa. Y no debemos de olvidar que ser humildes no es propiamente cuando uno quiere humillarse, sino cuando me humillan inesperadamente.

Todos experimentamos lo difícil de ser humilde y en este tiempo  es muy propicio para estar recogido en silencio, en medio de nuestro mundo persuadido en el ruido y la agitación.

La navidad es fruto del amor de Dios para con nosotros, ¡Dios está aquí! Eso es el mensaje que nos debe de llenar de mucha alegría. El Dios que hizo todo de la nada ha querido en virtud de un inexplicable amor vestir nuestra carne y experimentar el hambre, la sed, la persecución, el desprecio.

Lo propio del hombre es ser agradecido, porque no tenemos nada que no hayamos recibido. Todo es un don de Dios, un regalo, y debemos de agradecer siempre este regalo maravilloso.

Con estas pequeñas letras  quiero desearles una Santa Navidad y un año nuevo lleno de bendiciones, y que nuestra madre la Siempre Virgen les acompañe con su intercesión.

lunes, 5 de enero de 2015

EL PRIMER GPS

La estrella fue el primer GPS de la historia (geolocalizador) para los Magos de Oriente, para nosotros ahora la Estrella es la Iglesia, es quien nos lleva al Cielo.

sábado, 3 de enero de 2015

LÁMPARA ES TU PALABRA PARA MIS PASOS


En este recorrido que hacen los Magos de Oriente está simbolizado el destino de todo hombre: nuestra vida es un camino, iluminados por luces que nos permiten entrever el sendero, hasta encontrar la plenitud de la verdad y del amor, que nosotros cristianos reconocemos en Jesús, Luz del mundo.

Y todo hombre, como los Magos, tiene a disposición dos grandes “libros” para orientarse en su peregrinación: el libro de la creación y el libro de las Sagradas Escrituras. Lo importante es estar atentos, vigilantes, escuchar a Dios que nos habla, como dice el Salmo, refiriéndose a la Ley del Señor: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, / luz en mi sendero»

Nos dice el Evangelio que los Magos, cuando llegaron a Jerusalén, de momento perdieron de vista la estrella. No la veían. En especial, su luz falta en el palacio del rey Herodes: aquella mansión era tenebrosa, en ella reinan la oscuridad, la desconfianza, el miedo, la envidia.

De hecho, Herodes se muestra receloso e inquieto por el nacimiento de un Niño frágil, al que ve como un rival. En realidad, Jesús no ha venido a derrocarlo a él, sino al Príncipe de este mundo. Todo un mundo edificado sobre el poder, el prestigio, el tener, la corrupción, entra en crisis por un Niño. Y Herodes llega incluso a matar a los niños: «Tú matas el cuerpo de los niños, porque el temor te ha matado a ti el corazón»

Un aspecto de la luz que nos guía en el camino de la fe es también la santa “astucia”. Es también una virtud, la santa “astucia”. Se trata de esa discernimiento espiritual que nos permite reconocer los peligros y evitarlos.

Los Magos supieron usar esta luz de “astucia” cuando, de regreso a su tierra, decidieron no pasar por el palacio tenebroso de Herodes, sino marchar por otro camino.

Estos sabios venidos de Oriente nos enseñan a no caer en las asechanzas de las tinieblas y a defendernos de la oscuridad que pretende cubrir nuestra vida. Ellos, con esta santa “astucia”, han protegido la fe. Y nosotros debemos proteger la fe. Protegerla de esa oscuridad. Esa oscuridad que a menudo se disfraza incluso de luz. Porque el demonio, dice san Pablo, muchas veces se viste de ángel de luz. 

Pero la fe es una gracia, es un don. Y a nosotros nos corresponde protegerla con la santa “astucia”, con la oración, con el amor, con la caridad. Es necesario acoger en nuestro corazón la luz de Dios y, al mismo tiempo, practicar aquella astucia espiritual que sabe armonizar la sencillez con la sagacidad, como Jesús pide a sus discípulos: «Sean sagaces como serpientes y humildes como palomas» (Mt 10,16).