sábado, 8 de septiembre de 2018

9 DE SEPTIEMBRE: DÍA INTERNACIONAL DE INVITARLE UNA CERVEZA A UN SACERDOTE



 ¿Sabían que este 9 de septiembre es el Día internacional de invitarle una cerveza a un sacerdote? En este solemne día, fieles católicos de todo el mundo llevan a sus sacerdotes a tomar una cerveza y los conocen mejor. Es una hermosa tradición católica que se remonta a la época de San Cervecino de Malta, el primer hombre en invitarle una cerveza a su párroco.


 Tranquilos, si esta historia les parece extraña, hay una buena razón para ello. El día de invitarle una cerveza a un sacerdote no es una verdadera fiesta. ¡Pero debería serlo!

Créanlo o no, los sacerdotes son personas reales, y disfrutan de la buena comida y bebida tanto como cualquiera. También tienen un trabajo ingrato y difícil, un trabajo sin el cual no podríamos llegar al cielo. Los sacerdotes son el alma de la Iglesia, y merecen algo de aprecio.

Con eso en mente, los desafiaremos a hacer algo concreto para mostrar ese aprecio a su sacerdote este mes. Sí, podrían llevarlo a tomar una cerveza, o podrían invitarlo a compartir la cena con su familia. Se vale ser creativos; háganle saber que su ministerio está haciendo la diferencia.


 Por supuesto, su sacerdote puede estar terriblemente ocupado y tal vez no pueda programar un tiempo para una visita más larga. Está bien. También podrían ofrecer un rosario o una hora santa para él y sus intenciones (o mejor aún, más de una), y háganle saber que ustedes oran regularmente por él. De preferencia expresen su agradecimiento en persona (o mediante una nota) por su fiel ministerio y su respuesta al llamado de Dios al sacerdocio.

Esperamos que haya muchos sacerdotes alegres y alentadores para fin de mes. Si quieren participar, deja un comentario que diga: “¡Estoy dentro!”

Cfr: Cathilicgentleman.net

domingo, 19 de agosto de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA PARA TI, LA PALABRA VINO?



El pasaje evangélico continúa la lectura del capítulo VI de Juan. El elemento nuevo es que al discurso sobre el pan Jesús añade el del vino; a la imagen del alimento la de la bebida; al don de su carne el de su sangre. El simbolismo eucarístico alcanza su culmen y su totalidad. 

Dijimos la semana pasada que para entender la Eucaristía es esencial partir de los signos elegidos por Jesús. El pan es signo de alimento, de comunión entre quienes lo comen juntos; a través de él llega al altar y es santificado todo el trabajo humano. Planteémonos la misma pregunta para la sangre. ¿Qué significa y qué evoca para nosotros la palabra sangre? Evoca en primer lugar todo el sufrimiento que existe en el mundo. Si, por lo tanto, en el signo del pan llega al altar el trabajo del hombre, en el signo del vino llega ahí también todo el dolor humano; llega para ser santificado y recibir un sentido y una esperanza de rescate gracias a la sangre del Cordero inmaculado, a la que está unido como las gotas de agua mezcladas con el vino en el cáliz.
 

¿Pero por qué, para significar su sangre, Jesús eligió precisamente el vino? ¿Sólo por la afinidad del color? ¿Qué representa el vino para los hombres? Representa la alegría, la fiesta; no representa tanto la utilidad (como el pan) cuanto el deleite. No está hecho sólo para beber, sino también para brindar. Jesús multiplica los panes por la necesidad de la gente, pero en Caná multiplica el vino para la alegría de los comensales. La Escritura dice que «el vino recrea el corazón del hombre y el pan sostiene su vigor» (Sal 104, 15).

Si Jesús hubiera elegido para la Eucaristía pan y agua, habría indicado sólo la santificación del sufrimiento («pan y agua» son de hecho sinónimos de ayuno, de austeridad y de penitencia). Al elegir pan y vino quiso indicar también la santificación de la alegría. Qué bello sería si aprendiéramos a vivir también los gozos de la vida, eucarísticamente, esto es, en acción de gracias a Dios.

Pero el vino, además de alegría, evoca también un problema grave. En la segunda lectura escuchamos esta advertencia del Apóstol: «no os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu». Sugiere combatir la ebriedad del vino con «la sobria embriaguez del Espíritu», una embriaguez con otra.
 

Actualmente existen muchas iniciativas de recuperación entre las personas con problemas de alcoholismo. Procuran emplear todos los medios sugeridos por la ciencia y la psicología. No se puede sino alentarlas y sostenerlas. Pero quien cree no debería descuidar también los medios espirituales, que son la oración, los sacramentos y la palabra de Dios. 

En la obra El peregrino ruso se lee una historia cierta. Un soldado esclavo del alcohol y amenazado con ser licenciado fue a un santo monje a preguntarle qué debía hacer para vencer su vicio. Este le ordenó que leyera cada noche, antes de acostarse, un capítulo del Evangelio. Él consiguió un Evangelio y comenzó a hacerlo con diligencia. Pero al poco volvió desolado al monje a decirle: «¡Padre, soy demasiado ignorante y no entiendo nada de lo que leo! Deme otra cosa que hacer». Le respondió: «Sigue solamente leyendo. Tu no entiendes, pero los demonios entienden y tiemblan». Así lo hizo aquél y fue liberado de su vicio. ¿Por qué no intentarlo?

sábado, 11 de agosto de 2018

EL PAN DE VIDA



El evangelio de estos domingos queridos hermanos parece una escalera de caracol, como que estamos dando vueltas en el mismo lugar, pero no es así. Estamos escalando y cada vez vamos más arriba o más abajo desde lo profundo de significado sobre el pan de vida.

Los sacramentos son signos; De aquí la importancia de llegar a entender el signo del pan entre los hombres. En un cierto sentido, para entender la Eucaristía nos prepara mejor la actividad del ciudadano, del molinero, del ama de casa o del panadero; porque éstos saben sobre el pan infinitamente más que el intelectual, que lo ve solamente en el momento en que llega a la mesa y lo come, incluso hasta distraídamente.

Si le preguntamos a un maestro sobre esta materia nos contaría toda la historia fatigosa para la preparación, desde la siembra del trigo hasta la fermentación, que no es nada fácil, como también puede pasar con la tortilla, desde la siembra hasta la masa. No se adquiere con facilidad. Solo el padre de familia sabe lo duro de llevar el pan y la tortilla sobre la mesa.

Ahora bien ¿Y qué es el pan cuando nos llega sobre la mesa? El padre o la madre, que lo parte o sencillamente lo pone en la mesa, se asemejan a Jesús. De igual forma, él o ella podrían decir a los hijos: «Tomen y coman: esto es mi cuerpo entregado por ustedes». El pan de cada día, en verdad, es un poco su cuerpo, el fruto de su fatiga y el signo de su amor.


 Cuántas cosas, conlleva el signo del pan: el trabajo, la espera, la nutrición, la alegría doméstica, de la unidad y solidaridad entre los que lo comen... El pan (o la tortilla en nuestro caso) es el único, entre todos los alimentos, que nunca da nauseas; que se come todos los días y, cada vez, su sabor nos resulta agradable. Se ajusta con todas las comidas. Las personas, que sufren hambre, no envidian de los ricos el manjar o el salmón ahumado; envidian, sobre todo, el pan fresco.

Bien, veamos ahora qué sucede cuando este pan llega sobre el altar y es consagrado por el sacerdote. La doctrina católica lo expresa con una palabra. Transubstanciación, con la que la Iglesia ha expresado su fe. ¿Qué quiere decir transubstanciación? Quiere decir que en el momento de la consagración el pan termina de ser pan y llega a ser cuerpo de Cristo; la sustancia del pan, cede el puesto a la sustancia de la persona divina, que es Cristo resucitado y vivo, incluso si las apariencias externas (en el lenguaje teológico, los «accidentes») permanecen las del pan.

Para entender transubstanciación pidamos ayuda a una palabra emparentada con ella y que nos resulta más familiar, la palabra transformación. Transformación significa pasar de una forma a otra, transubstanciación pasar de una sustancia a otra. Pongamos un ejemplo. Vemos salir a una señora en una sala de belleza con un peinado totalmente nuevo, a veces, nos sale espontáneamente el exclamar: «¡Qué transformación!» no decimos: «¡Qué transubstanciación!» sino que transformación porque ha cambiado el aspecto externo; pero, no su ser profundo y su personalidad. Si antes era inteligente, sigue siendo inteligente; si no lo era antes, tampoco ahora. Han cambiado las apariencias, no la sustancia.


 En la Eucaristía sucede exactamente lo contrario: cambia la sustancia; pero, no las apariencias. El pan viene transubstanciado, pero no transformado; las apariencias, en efecto, (la forma, el sabor, el color, el peso) permanecen, mientras que ha cambiado la realidad profunda, que ha llegado a ser el cuerpo de Cristo. Se ha realizado la promesa de Jesús: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».