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lunes, 4 de abril de 2022

Asesinado por “hacer su trabajo como cada mañana”

© pncGuatemala


"Trabajaba" robando en los autobuses de línea. Su madre exige justicia: la crónica de los valores perdidos.

Josué García, el “Tortolita” se despertó temprano la mañana del sábado 26 de marzo. Tenía que llegar al “trabajo” a eso de los ocho, que era la hora en que pasaba el bus de la línea “Esmeralda” a la altura del kilómetro 28 de la ruta al Pacífico, en las inmediaciones de la autopista Palín-Escuintla, en el Municipio de Santa Lucía Cotzumalguapa, Departamento de Escuintla, en Guatemala. 

La mañana de ese sábado estaba limpia, tranquila. El “Tortolita” saludó a su madre, con la que vivía, tomó apresuradamente su magro desayuno, cogió sus herramientas de “trabajo” y se despidió. Tenía que reunirse con su compañero Vidal para trepar juntos el bus extraurbano y comenzar así su jornada habitual. 

Fiel a la cita, el autobús de la línea “Esmeralda” llegó hasta el lugar donde Josué y Vidal le señalaron la parada. El vehículo se detuvo, ambos entraron y, de inmediato, sacaron las pistolas que llevaban escondidas, amagaron al chofer y a los somnolientos pasajeros que despertaron de golpe a la terrible realidad: iban a ser despojados de sus pertenencias por dos ladronzuelos. 

Era la rutina. Amenazar, golpear a uno o dos pasajeros que se resistieran, inmovilizar al conductor, despojar de celulares y dinero a los usuarios de la ruta y luego, salir huyendo de regreso a su casa para repartirse el botín, vender los teléfonos en el mercado negro y malbaratar alguna que otra prenda al mejor postor. 

Generalmente el “trabajo” matutino terminaba 10 minutos más tarde. Pero ese sábado no fue así. Uno de los pasajeros decidió que ya estaba bien de escuchar las amenazas y los insultos del “Tortolita” y su compañero. Sacó un arma y le disparó a Josué, segando su vida en ese instante. Vidal abandonó el bus, pero al tratar de huir se torció un tobillo y fue rápidamente detenido. 

La Policía Nacional Civil de Guatemala informó que el compañero de Josué García se llama Vidal Alfredo Barillas Herrera, tiene 26 años, y se le incautó su herramienta de “trabajo”: un revólver calibre 38 especial, con cinco balas y un casquillo percutido. El cadáver de Josué quedó tirado en el interior del vehículo, mientras que el pasajero que le disparó se marchó del lugar. 

Hasta ahí fue a reconocerlo su madre. Y las declaraciones que dio a los medios guatemaltecos han circulado ya por medio mundo, reflejo de la enorme descomposición moral que existe en muchos pueblos de América Latina. Según esto, las declaraciones de la madre del “Tortolita” fueron de reclamo de inocencia: 

“Mi hijo se levantó temprano para asaltar los buses, como siempre, pero me lo mataron… No hacía daño a nadie, no le disparaba a nadie, solo los asustaba y después los asaltaba”. Y acto seguido exigió justicia. Sin embargo, la Policía confirmó al medio guatemalteco Soy502 que García tenía antecedentes criminales y que había sido detenido en otras ocasiones por delitos de robo, portación de droga y extorsión. 

El filósofo católico Dietrich von Hildebrand hablaba en su libro de “Ética” de la ceguera moral que existe en el mundo actual, la ceguera por los valores, y en otro texto (“Santidad y virtud en el mundo”) de la tergiversación de la “eficiencia” del trabajo como única función vital. Si el «trabajo» es asaltar indefensos, y se hace correctamente, nadie tiene que agredir al asaltante. 

Las declaraciones de la madre del “Tortolita” son un reflejo monstruosamente triste de estas dos realidades. Y de lo que pasa en los autobuses extraurbanos de México, de Guatemala, de Honduras…. “La eficiencia ha tomado el puesto de la virtud”, escribe von Hildebrand. Que tristeza la muerte del hijo, que terrible la violencia, el robo, el estupro (engaño sexual). Y qué perversión hay en declarar que el muchacho había salido a “hacer su trabajo como cada mañana”. 

Fuente; Aleteia.org

viernes, 21 de noviembre de 2014

LA DESOBEDIENCIA DE LOS NIÑOS


Prevenir que un niño sea desobediente está solo en manos de sus padres. La desobediencia es normal en los primeros años de la infancia del niño y, por ello, los padres deben acompañar, exigir y explicar al niño que debe ser consciente de sus actos: diferenciando lo correcto de lo incorrecto, lo que se puede hacer y lo que no en cada situación y en cada caso.

Fuente; Catholic.net 

sábado, 1 de marzo de 2014

TODOS ESTAMOS LLAMADOS A CONSTRUIR LA PAZ

Gonzalo de Villa y Vásquez 

Las palabras de nuestro Obispo Gonzalo de Villa; Dudé a la hora de titular este artículo sobre si ponerle el título que tiene o titularlo “desmontar la violencia”.

 Son reflexiones complementarias porque en verdad en Guatemala no hay modo de construir la paz que no pase por desmontar la violencia que se expresa de manera tan intensa y multiforme en una variedad de expresiones en nuestra vida social y política de carácter colectivo pero también en niveles comunitarios y en niveles familiares. Desde la violencia doméstica hasta la que pudiéramos llamar violencia estructural, los hechos de agresividad, de violencia física y, por qué no llamarlo por su nombre, violencia criminal constituyen una epidemia que nos atenaza.

Esa realidad se vuelve un condicionante externo ante el que nos sentimos oprimidos porque perdemos libertad, perdemos dignidad y perdemos civismo. Pero no es solo condicionante externo; también lo es interno. Los demonios de la violencia nos penetran y nos hacen tener corazones violentos, deseos de venganza, aplausos disimulados —a veces públicos— a prácticas violentas salvajes. Basta leer comentarios de lectores ante noticias de hechos de violencia para encontrar simpatía y apoyo ante linchamientos, prácticas de limpieza social, de venadeo. Con la violencia cada vez más desatada en todo el país la simpatía por apoyar métodos y prácticas violentas se populariza más y más.

En este tema hay también un fenómeno que socialmente se ha ido asimilando por sectores cada vez más amplios en el país y es el hecho de que la violencia resulta eficaz. Elimina enemigos, extorsiona comerciantes, detiene a transeúntes y automovilistas y se obtienen resultados más rápidos que por la vía del diálogo o de la presión cívica. No tiene el mismo grado de gravedad la violencia del que bloquea carreteras que la del que mata choferes de buses, pero lastimosamente la lógica no es diferente: se obtienen resultados y se popularizan procedimientos.

Por ello cuando hablamos de construir la paz pasamos necesariamente por plantearnos la necesidad de establecer una cultura de paz que descalifique socialmente la violencia. Desmontar la violencia pasa por establecer mecanismos que hagan ver al violento como persona socialmente reprensible, como antimodelo para niños y jóvenes, como alguien que es todo menos persona ejemplar. Una cultura de paz no es solo un ideal que quisiéramos alcanzar. Debe ser un propósito determinado que se asuma socialmente como deseable, sin excepciones, salvo aquellas específicamente legisladas.


Construir la paz es una tarea de todos los días en que todos debemos involucrarnos. Pero es importante que estigmaticemos socialmente a los violentos. En nuestro continente, lastimosamente muchos de los héroes populares son violentos y ello refleja la profundidad de la tentación violenta como método legítimo para alcanzar propósitos, independientemente de que estos sean justos o no, legales o no. ¡Construyamos la paz! Texto Original