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viernes, 1 de mayo de 2020

MADRE DE MI DIOS

Virgen del Rosario, Guatemala

Virgen, madre de mi Dios,
has que yo sea todo tuyo.
Tuyo en la vida, tuyo en la muerte,
tuyo en el sufrimiento,
en el miedo y en la miseria;
tuyo en la cruz y en el doloroso desconsuelo,
tuyo en el tiempo y en la eternidad.
Virgen, Madre de mi Dios,
Haz que yo sea todo tuyo.
Amén.

San Juan Pablo II

sábado, 31 de enero de 2015

SE NOS HA ENCOMENDADO LA MADRE DIOS

Al terminar el primer mes del año quiero dedicar esta entrada a nuestra Madre y el amor que nos tiene y sin lugar a duda el amor que nosotros también lo tenemos como sacerdotes.

Como nos recuerda el Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, n. 84 – 86, como a Juan al pie de la Cruz, a cada presbítero se le encomienda de modo especial a María como Madre (cfr. Jn 19, 26-27). La acogemos como nuestra madre santísima, por la relación esencial entre María y el sacerdocio de Cristo y entre ella y nuestro sacerdocio, que nos conduce a Cristo y nos ayuda a amar a la Iglesia. Como madre, María sabe modelar el corazón sacerdotal, protegerlo de los peligros, cansancios y desánimos. Ella vela, con solicitud materna, para que el presbítero pueda crecer en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres.

Movidos por el amor a Ella y por sus virtudes, la veneramos como madre de Dios y madre nuestra y la imitamos como nuestro modelo de vida para ser ministros humildes, obedientes y castos, que puedan dar testimonio de caridad a través de la donación total al Señor y a la Iglesia. La imitamos, en especial, como mujer “eucarística” con toda su vida. La tenemos siempre como nuestra compañera en nuestra vida y en nuestro ministerio pastoral.

miércoles, 1 de enero de 2014

LA THEOTÓKOS

María no aparece muchas veces en el Nuevo Testamento; pero si prestamos atención, no falta en ninguno de los tres momentos decisivos de la historia de la salvación que son: la Encarnación, la Pascua y Pentecostés; María está junto a la cuna en Belén, está junto a la cruz en el Calvario y está en el Cenáculo en el momento de la venida del Espíritu Santo.

“Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer”. Todo hombre tiene una madre que lo ha concebido en su seno. Pero el Altísimo al dar la persona divina de su Hijo para ser envuelta en el seno de una mujer y ésta le permitiera hacerse hombre, eleva esa maternidad a una dignidad casi infinita. María alumbró al hijo más perfecto que pudiera nacer. La maternidad divina de María nos lleva al corazón del misterio cristiano. Como se declaró en el 2º C. de Constantinopla, no es que un ser humano naciera de María y, luego, descendiera el Verbo a tal hombre, sino que fue del seno de María de donde nació el Verbo hecho hombre.

El título de Madre de Dios lo encontramos en esa oración que se remonta al año 300 y que todavía hoy rezamos: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desoigas nuestras súplicas...


María es aquella Mujer prometida en el paraíso; la Mujer de las bodas de Caná; la Mujer del Calvario; la Mujer del Apocalipsis; la que reúne en torno suyo a sus hijos para orar, preparando así la venida del Espíritu Santo. Ella ha introducido lo humano en el Reino de los Cielos el día de la Ascensión de su Hijo. Ella misma fue llevada en cuerpo y alma a los cielos con gran alegría de los ángeles.

La Madre de Dios