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viernes, 28 de enero de 2022

QUE LOS ENFERMOS, CON CRISTO ENCUENTREN SENTIDO, CONSUELO Y CONFIANZA

© El ojo del fotógrafo


“Sean misericordiosos, así como el Padre de ustedes es misericordioso. Estar al lado de los que sufren en un camino de caridad”. 

El Papa Francisco reza por todos los agentes sanitarios para que, “llenos de misericordia, ofrezcan a los pacientes, además de los cuidados adecuados, su cercanía fraterna”. Así lo escribe el Santo Padre en su Mensaje para la XXX Jornada Mundial del Enfermo que se celebrará el 11 de febrero. 

El Papa Francisco comienza recordando que hace treinta años, San Juan Pablo II instituyó esta Jornada Mundial para “sensibilizar al Pueblo de Dios, a las instituciones sanitarias católicas y a la sociedad civil sobre la necesidad de asistir a los enfermos y a quienes los cuidan”. 

“Estamos agradecidos al Señor por el camino realizado en las Iglesias locales de todo el mundo durante estos años. Se ha avanzado bastante, pero todavía queda mucho camino por recorrer para garantizar a todas las personas enfermas, principalmente en los lugares y en las situaciones de mayor pobreza y exclusión, la atención sanitaria que necesitan, así como el acompañamiento pastoral para que puedan vivir el tiempo de la enfermedad unidos a Cristo crucificado y resucitado”.

Estos son los puntos que el santo padre menciona en su mensaje: 
  • Servicio y cercanía a los enfermos y a sus familias
  • Misericordiosos como el Padre
  • Jesús, misericordia del Padre 
  • Tocar la carne sufriente de Cristo 
  • Siempre es posible cuidar y consolar 
  • Los centros de asistencia sanitaria como casas de misericordia 
  • Falta de vacunas contra el virus del Covid-19 
  • La misericordia pastoral: presencia y cercanía 

  • “El enfermo es siempre más importante que su enfermedad y por eso cada enfoque terapéutico no puede prescindir de escuchar al paciente, de su historia, de sus angustias y de sus miedos”.

miércoles, 16 de octubre de 2019

MISA DE LA CARIDAD

Hospital Nacional de Chimaltenango


Personas que están junto a los enfermos que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son «ojos del ciego» y «del cojo los pies».

Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer. Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste! En esos momentos se puede contar de modo particular con la cercanía del Señor, y es también un apoyo especial para la misión de la Iglesia.





sábado, 9 de julio de 2016

¿QUIÉN ES MI PRÓJIMO?


«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó...» y todos dicen o exclaman: ¡Parábola del buen samaritano! Pero, veamos la circunstancia que la provocó:

«Se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Él le dijo: “Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Él contestó: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”».

El problema, que incomodaba al doctor de la Ley, era muy debatido en el ambiente judío de la época. Se discutía sobre quién debía ser considerado como el propio prójimo para un israelita. El sentido de la pregunta en consecuencia es esta: ¿hasta dónde nos empuja la obligación de amar al prójimo? La pregunta recuerda aquella otra de Pedro: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» A la pregunta de Pedro, Jesús respondió contando la parábola del dueño o amo generoso y del siervo despiadado; también, a la pregunta del doctor de la Ley responde con una parábola:

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto».

«Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al vedo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima».

¡un samaritano que socorre a un judío! , está puesta para significar que la categoría de prójimo es universal, no particular. Tiene por horizonte al hombre, no en el círculo familiar, étnico o religioso sino al hombre en sí mismo, no por algo añadido a su realidad. ¡Prójimo es, asimismo, el enemigo.

Amar es saber ceder el propio puesto y aceptar el del otro. El samaritano es un hombre como los demás, con un pasado, una tradición, una familia, un trabajo, unas leyes y también unos proyectos. Sin duda, le esperaban un trabajo, una familia, unos amigos. Pero, por un cierto tiempo, ha dejado aparte todo esto.

Jesús realiza aquí un giro espectacular respecto al concepto tradicional de prójimo. Prójimo es el samaritano, no el herido. Esto significa que no es necesario esperar pasivamente que el prójimo aparezca en el propio camino. ¡Prójimo es aquel que cada uno de nosotros está llamado a ser. La pregunta a plantearse no es: «¿Quién es mi prójimo?» sino «¿de quién puedo hacerme prójimo aquí y ahora?»

Según algunas exégesis antiquísimas, el hombre que descendía de Jerusalén a Jericó es Adán, la humanidad entera; Jerusalén es el paraíso; Jericó, el mundo; los ladrones son los demonios y las pasiones, que hacen caer al hombre en pecado provocándole la muerte; el sacerdote y el levita son la Ley y los profetas, que han visto la situación del hombre, pero no han podido hacer nada para cambiarla; el buen samaritano es Cristo, que ha derramado sobre las heridas humanas el vino de su sangre y el óleo o aceite del Espíritu Santo; la posada, a la que lleva al hombre recogido en el camino, es la Iglesia; el posadero es el pastor de la Iglesia, a la que confía el cuidado; el hecho de que el samaritano prometa volver, indica el anuncio de la segunda venida del Salvador.

miércoles, 11 de febrero de 2015

XXIII JORNADA MUNDIAL DE LOS ENFERMOS,


Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son «ojos del ciego» y «del cojo los pies». Personas que están junto a los enfermos  que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer. Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste!




Sabiduría del corazón es estar con el hermano. El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo. Es alabanza a Dios, que nos conforma a la imagen de su Hijo, el cual «no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida como rescate por muchos»




Pidamos con fe viva al Espíritu Santo que nos otorgue la gracia de comprender el valor del acompañamiento, con frecuencia silencioso, que nos lleva a dedicar tiempo a estas hermanas y a estos hermanos que, gracias a nuestra cercanía y a nuestro afecto, se sienten más amados y consolados. En cambio, qué gran mentira se esconde tras ciertas expresiones que insisten mucho en la «calidad de vida», para inducir a creer que las vidas gravemente afligidas por enfermedades no serían dignas de ser vividas.



Videos de la actividad





viernes, 6 de febrero de 2015

LOS TESOROS DE LA IGLESIA

Hoy dimos inicio en la parroquia, la preparación con ocasión de la XXIII Jornada mundial del Enfermo de este año. Y el mensaje del Papa es clara y nos dice:


“Me dirijo a ustedes que llevan el peso de la enfermedad y de diferentes modos estan unidos a la carne de Cristo sufriente; así como también a ustedes, profesionales y voluntarios en el ámbito sanitario”.


Sabiduría del corazón es servir al hermano. En el discurso de Job que contiene las palabras «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies», se pone en evidencia la dimensión de servicio a los necesitados de parte de este hombre justo, que goza de cierta autoridad y tiene un puesto de relieve entre los ancianos de la ciudad. Su talla moral se manifiesta en el servicio al pobre que pide ayuda, así como también en el ocuparse del huérfano y de la viuda. 



Sin lugar a duda, el tesoro de la Iglesia son los enfermos