sábado, 9 de julio de 2016

¿QUIÉN ES MI PRÓJIMO?


«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó...» y todos dicen o exclaman: ¡Parábola del buen samaritano! Pero, veamos la circunstancia que la provocó:

«Se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Él le dijo: “Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Él contestó: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”».

El problema, que incomodaba al doctor de la Ley, era muy debatido en el ambiente judío de la época. Se discutía sobre quién debía ser considerado como el propio prójimo para un israelita. El sentido de la pregunta en consecuencia es esta: ¿hasta dónde nos empuja la obligación de amar al prójimo? La pregunta recuerda aquella otra de Pedro: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» A la pregunta de Pedro, Jesús respondió contando la parábola del dueño o amo generoso y del siervo despiadado; también, a la pregunta del doctor de la Ley responde con una parábola:

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto».

«Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al vedo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima».

¡un samaritano que socorre a un judío! , está puesta para significar que la categoría de prójimo es universal, no particular. Tiene por horizonte al hombre, no en el círculo familiar, étnico o religioso sino al hombre en sí mismo, no por algo añadido a su realidad. ¡Prójimo es, asimismo, el enemigo.

Amar es saber ceder el propio puesto y aceptar el del otro. El samaritano es un hombre como los demás, con un pasado, una tradición, una familia, un trabajo, unas leyes y también unos proyectos. Sin duda, le esperaban un trabajo, una familia, unos amigos. Pero, por un cierto tiempo, ha dejado aparte todo esto.

Jesús realiza aquí un giro espectacular respecto al concepto tradicional de prójimo. Prójimo es el samaritano, no el herido. Esto significa que no es necesario esperar pasivamente que el prójimo aparezca en el propio camino. ¡Prójimo es aquel que cada uno de nosotros está llamado a ser. La pregunta a plantearse no es: «¿Quién es mi prójimo?» sino «¿de quién puedo hacerme prójimo aquí y ahora?»

Según algunas exégesis antiquísimas, el hombre que descendía de Jerusalén a Jericó es Adán, la humanidad entera; Jerusalén es el paraíso; Jericó, el mundo; los ladrones son los demonios y las pasiones, que hacen caer al hombre en pecado provocándole la muerte; el sacerdote y el levita son la Ley y los profetas, que han visto la situación del hombre, pero no han podido hacer nada para cambiarla; el buen samaritano es Cristo, que ha derramado sobre las heridas humanas el vino de su sangre y el óleo o aceite del Espíritu Santo; la posada, a la que lleva al hombre recogido en el camino, es la Iglesia; el posadero es el pastor de la Iglesia, a la que confía el cuidado; el hecho de que el samaritano prometa volver, indica el anuncio de la segunda venida del Salvador.

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