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lunes, 11 de marzo de 2013

VIRTUDES TEOLOGALES Y CARDINALES


Existen siete virtudes principales: tres llamadas “teologales” porque tienen relación inmediata con Dios, y son; la fe, la esperanza y la caridad.



Las virtudes llamadas “cardinales” son; prudencia, justicia, fortaleza y templanza.



¿Cuál es la mayor de las virtudes en orden de la perfección? San Pablo al hablar de las tres virtudes teologales, nos dice que la mayor, la más excelsa es la caridad (1 Cor. 13, 13) y así es por ser la que más une íntimamente con Dios, y porque es la única que permanece eternamente en el cielo, ya que la fe desaparece al ser sustituida por la visión de Dios y lo mismo la esperanza.

Y ¿Cuál es la primera virtud cristiana? La primera virtud cristiana, en cuando que es el fundamento de la vida sobrenatural, es la fe, porque todas las virtudes incluso la caridad presuponen la fe, pues, como dice San Ambrosio: “la fe es el fundamento sólido de todas las virtudes”. Sin en realidad yo no tengo fe, ¿Cómo he de esperar yo en Dios y amarle? Si yo no creo en Dios, ¿Cómo puedo esperar en Él?

domingo, 3 de febrero de 2013

UN FELIZ DOMINGO


Madre Teresa de Calcuta
En la liturgia de este domingo se lee una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento y de toda la Biblia: el llamado “himno a la caridad” del apóstol san Pablo. En su primera carta a los Corintios, después de explicar con la imagen del cuerpo, que los diferentes dones del Espíritu Santo contribuyen al bien de la única Iglesia, san Pablo muestra el “camino” de la perfección.
Este camino —dice— no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar lenguas nuevas, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos. Sino más bien consiste, en la caridad (agape), es decir, en el amor auténtico, el que Dios nos reveló en Jesucristo.
La caridad es el don “mayor”, que da valor a todos los demás, y sin embargo “no es vanidosa, no se ama a sí misma”; sino se alegra con la verdad” y con el bien ajeno. Quien ama verdaderamente “no busca su propio interés”, “no toma en cuenta el mal recibido”, “todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (cf. 1 Co 13, 4-7).
Al final, cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desaparecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, porque Dios es amor y nosotros seremos semejantes a él, en comunión perfecta con él.

domingo, 16 de diciembre de 2012

DOMINGO DE LA ALEGRÍA



La alegría
El domingo de hoy está empapado del tema de la alegría. “Alégrense siempre en el Señor; les repito, alégrense”, escuchamos por boca de San Pablo, pero no se trata de una alegría subjetiva, sentimental, sino de una alegría objetiva que se basa en realidades alegres que es en Cristo mismo, que existe y espera entrar en nosotros. Ni siquiera se trata de una alegría individual o privada, sino de una alegría comunitaria.
Dios ha querido que la historia humana, tan llena de llanto y sufrimiento después del pecado fuera acompañada de un anuncio de felicidad,  Antes de Jesús, este pueblo era Israel. En la primera lectura, escuchamos las palabras con que el profeta Sofonías recuerda al pueblo elegido su misión y trata de volver a despertar en él la esperanza: ¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén!
En el salmo responsorial, a la voz de Sofonías se une la de Isaías: Mi fuerza y mi canto es el Señor: él ha sido mi salvación. Sacarán agua con alegría de los manantiales de la salvación. El agua que el profeta invita a sacar de Dios es precisamente el agua de la alegría y la esperanza, la que aplaca la sed del corazón, no de la boca.
Queridos hermanos en la vida presente la única alegría posible y auténtica es la alegría de la espera, sólo la espera es generadora de alegría viva. Lo que cuenta y que nos hace sentir vivos no es la velocidad, sino la aceleración, o sea no lo que se tiene sino lo que se conquista.
¿Realmente basta sólo la esperanza para vivir, concretamente, la experiencia de la alegría? ¡No! También hace falta la caridad, el ser amados y amar. El amor es el verdadero generador de la alegría, sólo quien es amado y ama sabe, en verdad, qué es la alegría.
La persona que se siente alegre y espera algo bello, es una persona buena, dulce con todos; no siente la necesidad de ofender, no es amargada, todos los que están a su alrededor se dan cuenta y dicen: ¡se le lee la alegría en los ojos!
Hoy la palabra de Dios nos exhorta a hacemos diversos propósitos. No podemos ser felices solos; “alégrense” significa también: expandir alegría. No debemos esperar a estar perfectamente sanos o de buen humor para sonreírle a alguien; una sonrisa puede ser un pequeño don, una luz que se enciende, una ventana que se abre. El enemigo de la alegría no es el sufrimiento; es el egoísmo, la concentración en nosotros mismos, la ambición.

domingo, 9 de diciembre de 2012

EL ADVIENTO


El Adviento nos invita a dirigir la mirada a la “Jerusalén celestial”, que es el fin último de nuestra peregrinación terrena. Al mismo tiempo, nos exhorta a comprometernos, mediante la oración, la conversión y las buenas obras, a acoger a Jesús en nuestra vida, para construir junto con él este edificio espiritual, del que cada uno de nosotros —nuestras familias y nuestras comunidades— es piedra preciosa. Toda nuestra vida es un adviento, una espera alegre y esforzada para el encuentro definitivo con Cristo.

FELIZ DOMINGO QUERIDOS AMIGOS.

domingo, 2 de diciembre de 2012

NO CONVERTIR EL DOMINGO EN “FIN DE SEMANA”



Se ha consolidado ampliamente la práctica de “fin de semana”, entendido como tiempo semanal de reposo, vivido a veces lejos de la vivencia habitual, y caracterizado a menudo por la participación en actividades culturales, políticas y deportivas, cuyo desarrollo coincide en general precisamente con los días festivos.


A los discípulos de Cristo se pide que no confundan la celebración del domingo, que debe ser una verdadera santificación del día del Señor, con el “fin de semana”, entendido fundamentalmente como tiempo de mero descanso y diversión.

domingo, 25 de noviembre de 2012

EL DOMINGO NOS REVELA EL SENTIDO DEL TIEMPO



Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. El domingo, brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo.

El cristiano no puede vivir su de sin participar en la Misa dominical

Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con la participación plena de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea eucarística dominical. Descubierto y vivido así, el domingo es como el alma de los otros días. De domingo en domingo, el pueblo peregrino sigue las huellas de María, y su intercesión materna hace particularmente intensa y eficaz la oración que la Iglesia eleva a la Santísima Trinidad.

La Trinidad

domingo, 4 de noviembre de 2012

EL DOMINGO DÍA DE FE Y DE LA ESPERANZA




El domingo es por excelencia el día de la fe. En la asamblea dominical, los creyentes se sienten interpelados como el apóstol Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y nos seas incrédulo sino creyente”. Sí, el domingo es el día de la fe. Lo subraya el hecho de que la liturgia eucarística dominical, así como la de las solemnidades litúrgicas, prevé la profesión de fe, el “Credo”.

Si el domingo es el día de la fe, no es menos el día de la esperanza cristiana. En efecto, la participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las “bodas del Cordero”. Al celebrar el memorial de Cristo, que resucitó y ascendió al cielo, la comunidad cristiana está a la espera de la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”.

La Misa es la viva actualización del sacrificio de la Cruz. Bajo las especies de pan y vino, sobre las que se ha invocado la efusión del Espíritu Santo, que actúa con una eficacia del todo singular en las palabras de la consagración, Cristo se ofrece al Padre con el mismo gesto de inmolación con que se ofreció en la cruz. “En este divino sacrificio, que se realiza en la Misa, este mismo Cristo, que se ofreció a sí mismo una vez y de manera cruenta sobre el altar de la cruz, es contenido e inmolado de manera incruenta”.

La Iglesia recomienda a los fieles comulgar cuando participan en la Eucaristía, con la condición de que estén en las debidas disposiciones y, si fueran conscientes de pecados graves, que hayan recibido el perdón de Dios mediante el Sacramento de la reconciliación.