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sábado, 24 de junio de 2017

SANTIFICAR SU MATRIMONIO Y SANTIFICARSE EN ESA UNIÓN


Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.

La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.

Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría... Hablando del matrimonio, de la vida matrimonial, es necesario comenzar con una referencia clara al amor de los cónyuges.







viernes, 23 de junio de 2017

CON AMOR ETERNO TE HE AMADO

La solemnidad del sagrado corazón de Jesús. Es una fiesta de origen relativamente reciente, aunque la idea profunda es muy antigua y tiene sus raíces incluso en la Escritura, ya que lo que celebramos es el amor de Dios revelado en Cristo y manifestado sobre todo en su pasión. El símbolo de ese amor es el corazón de Cristo herido por nuestros pecados.
Fue una monja, Margarita María Alacoque, de la orden de la Visitación, en Francia, quien impulsó la idea que cristalizaría en una nueva fiesta en el calendario. Entre 1673 y 1675 tuvo santa Margarita María, en su convento de Paray-le-Monial, una serie de visiones en las que Cristo le habló pidiéndole que trabajase por la institución de una fiesta del sagrado corazón, que debería celebrarse el viernes después de la octava del Corpus Christi.
Significado de la fiesta.
La devoción al sagrado corazón es devoción a Cristo mismo. En las representaciones artísticas no está permitido mostrar el corazón solo. Hay que representar a Cristo en su humanidad completa, porque él es el sujeto de nuestra adoración y hacia él se dirige nuestra oración: "Venid, adoremos al corazón de Jesús, herido por nuestro amor".
Cuando hablamos del corazón de Jesús o de un corazón humano, ¿qué queremos decir? ¿Nos referimos a un órgano humano o a una metáfora? Eso depende del contexto de nuestro discurso; pero, según Karl Rahner en una reflexión filosófica sobre el tema "corazón", es uno de esos términos primordiales que encierran un rico significado y valor y apuntan a todo un mundo de realidades. El corazón representa el ser humano en su totalidad; es el centro original de la persona humana, el que le da unidad. El poeta Yeats habló del "núcleo profundo del corazón". El corazón es el centro de nuestro ser, la fuente de nuestra personalidad, el motivo principal de nuestras actitudes y elecciones libres, el lugar de la misteriosa acción de Dios.
A pesar de que en las profundidades del corazón puede existir el bien y el mal, el corazón es símbolo de amor. Según Rahner, la más íntima esencia de la realidad personal es el amor. Y puesto que Cristo tuvo un amor perfecto, su corazón es para nosotros el perfecto emblema del amor. Su corazón fue saturado de amor perfecto al Padre y a los hombres. Nosotros aprendemos lo que es amor tratando de comprender algo del amor de Cristo. Su amor es totalmente, pero no solamente, humano, porque en él nos encontramos con el misterio de un amor humano-divino. El corazón humano de Cristo está hipostáticamente unido a su divinidad. El amor de Dios se ha encarnado en el amor humano de Cristo.
El amor de Dios hacia el hombre existía desde toda la eternidad. Los textos del Antiguo Testamento abundan de esta evidencia. "Con amor eterno te he amado", declara Yavé a su pueblo por medio del profeta Jeremías (Jer 31,2). La liturgia de esta fiesta está sacada de los siguientes textos. La antífona de entrada de la misa es del salmo 32: "Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para liberar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre". La respuesta al salmo responsorial es como sigue: "La misericordia del Señor dura por siempre para los que cumplen sus mandatos". Las lecturas del Antiguo Testamento para los tres ciclos proclaman el amor de Dios para con su pueblo, demostrando cómo lo eligió y lo salvó, estableció con él un pacto, lo condujo con suavidad y con andaderas de amor y fue un buen pastor para él.
Si ya el Antiguo Testamento revela el gran corazón de Dios, el Nuevo Testamento lo manifiesta completamente. San Juan, heraldo de la encarnación y del amor de Dios, sólo acierta a exclamar: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó por él a su Hijo único" (Jn 3,16). El amor de Cristo por el Padre y hacia el hombre caído, al que vino a salvar, lo llevará a la muerte, y una muerte de cruz. El mismo declaró: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). El sufrimiento y la muerte en cruz de Jesús son una muestra de su amor por nosotros. San Pablo se maravillaba frecuentemente pensando en ello: "Dios mostró su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom 5,8). San Pablo experimentó ese amor en un nivel personal profundo: toda su vida fue vivida en la fe en el Hijo de Dios, "el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gál 2,20).

viernes, 16 de junio de 2017

FOTOGRAFÍAS DEL CORPUS CHRISTI PATZÚN






Jesús, en la última Cena, se hizo PAN. Cuando hablamos de pan todos entendemos que es un alimento que nos sustenta y nos fortalece. Jesús quiso ser eso para nosotros: un alimento, más bien espiritual que físico, pero que nos hiciera más fuertes por dentro. ¿Cómo? Pues transmitiéndonos, cuando comulgamos, todos los valores que Él vivió y enseño a sus discípulos. Comulgando de ese pan aprendemos a ser como fue Jesús.

Jesús también se hizo VINO. Y el vino expresa fiesta, alegría… Brindamos en los grandes momentos de nuestra vida. El vino es religioso porque con el Jesús quiso expresar que la vida, la fiesta y la alegría son la mejor manera de expresar nuestra religión.









Sí. Es alimento que fortalece y quita los pecados, dice santo Tomás de Aquino. Pero no es alimento que nos asimilemos a nosotros y lo hagamos como el alimento corporal, sino al contrario es un alimento que nos asimila y nos mete en la corriente sanguínea del mismo Dios.

Sacar el Cuerpo de Cristo a la calle indica una fe muy grande en Jesús, en que Él nos puede y nos quiere ayudar a vivir más felices. Al igual que el pan se transforma, por la fuerza del Espíritu Santo, en el Cuerpo de Cristo, al sacarlo a la calle los cristianos, también con la fuerza del Espíritu, tenemos la tarea de transformar a ese Cristo en pan para los más necesitados.