jueves, 21 de enero de 2016

RESUMEN DE LA VIDA, DE UN GRAN AMIGO III


Un artículo del Padre Lee

Durante la homilía, monseñor Gonzalo de Villa leyó un excelente artículo que el Padre Lee había escrito para la revista Semetabaj (que significa “piedra brillante” en kaqchikel idioma maya que se habla en el altiplano de Guatemala), del seminario mayor Nuestra Señora del Camino. El artículo se titula “Dios te ha mostrado una gran amistad”, el comentario que hizo al Padre Lee un amigo suyo sacerdote que fue a visitarle. El Padre Lee reflexionaba sobre el sentido cristiano del dolor y la enfermedad. Escribía así:

“Ciertamente la fe no quita el sufrimiento, pero nos da la seguridad –¡la certeza!– de que en esos momentos somos objeto del gran Amor divino, nos ha “seleccionado” para afrontar una prueba de la cual saldremos vencedores. Y eso despierta la esperanza. Porque Dios no falla, no abandona, nos da la gracia precisa que necesitamos en ese momento. Dios no pierde batallas. Y se enciende el amor, la caridad. Sentimos la presencia de Dios que es Padre, que me ama y que quiere que corresponda con amor. Está dispuesto a darme innumerables bienes, a purificarme, a través de la penitencia, de ese “camino espinoso”.

Visto el dolor de esta manera, es otra cosa. En otro lado escribía una frase que me gustó mucho cuando la leí: “Poenae sunt pennae”, es un dicho latino que significa que “las penas son alas”. Las penas, el dolor, el sufrimiento ya no serán motivo de tristeza o de postración, al contrario, son alas para poder volar alto, para elevarte a Dios.”

Relevo sacerdotal

Al finalizar la santa Misa en la Catedral de Sololá, el féretro fue trasladado a la parroquia de San Bernardino Patzún, donde había trabajado un año y medio. Durante el trayecto, muchos fieles salieron a las calles para dar su último saludo al Padre Lee. El templo parroquial de Patzún se abarrotó de feligreses. Terminada la celebración eucarística, sus restos prosiguieron camino hacia San Juan Comalapa, donde nació.

Allí fue velado en la casa familiar y al día siguiente, sábado, el Obispo de Sololá-Chimaltenango celebró la Santa Misa exequial en la parroquia del Sagrado Corazón. La iglesia estaba llena a rebosar de comalapenses y patzuneros, que vestían sus vistosos y elegantes trajes. En su homilía, el obispo aplicó a la vida del Padre Lee las palabras de San Pablo a Timoteo: “He peleado el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe” (2 Tm 4, 7).

Tras la ceremonia, el féretro fue llevado en hombros por los sacerdotes hasta el cementerio, donde recibió sepultura junto a la tumba de su madre, Ana María, fallecida hace tres años. Había muchos niños y jóvenes que cantaban: “Aquí estoy, Señor, toma mi vida; sacerdote para siempre quiero ser”.

Los cementerios de Guatemala son alegres; se distinguen a lo lejos porque los nichos están pintados con colores vivos: azul, verde, rojo… Sus coloridos invitaban a pensar en la vida eterna que ha iniciado quienes han terminado ya su peregrinación en esta tierra. Para los guatemaltecos, los difuntos viven en sus corazones. Después de las oraciones finales pronunciadas por el obispo, tomó la palabra un sacerdote y, a continuación Agripino, el padre del Padre Lee, que dio las gracias a todos en kaqchikel.

Los restos mortales del Padre Lee reposan ya en su querida Guatemala, tierra de volcanes, país de la eterna primavera. Cuando salí del cementerio y me fui quitando los ornamentos, se acercó un joven y me preguntó: “¿Es usted el sacerdote que ha venido de Roma?”. “Sí”, le contesto. “Pues rece por mí en la basílica de San Pedro, porque deseo ser sacerdote”.

¡Gracias por todo, querido Lee, y descansa en paz!

Roma, 23 de septiembre de 2015
Mons. Miguel Delgado Galindo
Rector del Colegio Sacerdotal Tiberino. Roma 

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