domingo, 7 de septiembre de 2014

PAISES MÁS FELICES DEL MUNDO


El día de ayer Monseñor Gonzalo compartía en Prensa Libre el estudio realizado sobre los países más felices del mundo, y nuestro país es una de ellas. Leamos el artículo; El estudio obviamente preguntaba sobre las percepciones subjetivas de las personas en cuanto a la valoración de lo positivo en su vida, sobre las emociones positivas, sobre el peso de lo que más hace reír que llorar, sobre lo que hace sentirse a uno agradecido con la vida, y si se es creyente, como lo somos la mayoría de los guatemaltecos, agradecidos con Dios.

El contraste entre esa percepción subjetivamente positiva de la gente y el océano de datos que remarcan hechos objetivos de negatividad en el país es abismal. Los datos sobre violencia, extorsiones, desigualdad, corrupción, migración, rupturas familiares, pobreza e inseguridad apunta a que somos un país muy desigual, crecientemente violento y con gran desconfianza en una mayoría de instituciones públicas.
La preocupación sobre la ingobernabilidad como horizonte inquietante, sobre la conflictividad social como escenario cotidiano, sobre la degradación moral que se expresa en encontrar sicarios de 12 años es algo que tiñe de colores sombríos el futuro del país.

¿Cómo explicar entonces esta dicotomía entre gente feliz a pesar de todo y el cúmulo cotidiano de desastres en que vivimos?

Aventuro cuatro explicaciones para que la felicidad no nos abandone y no lo haga en ningún sector social. La primera explicación creo que tiene que ver con la fe. Fe religiosa ciertamente, pero no solo esa. El día de hoy en que escribo, un hombre de aldea, en zona más bien árida, riéndose en medio de todo, me hablaba de esa bendita sequía que nos ha caído este año. La frase refleja humor y también fe. Sin Dios no somos nada, de Él dependemos, Él nos alegra y nos bendice, y ello constituye un tesoro con el que arrostrar desgracias a veces mayores que las del santo Job.

La segunda explicación es que nada sacamos de sentirnos mal. Ver lo positivo de la vida aun en los momentos más tristes es una cualidad que uno encuentra en la cultura guatemalteca popular por todos los rincones del país. Por eso los velorios pueden ser alegrísimos y la alegría hasta irreverente de tertulianos no molesta, sino que consuela a los deudos más inmediatos.

En tercer lugar, la familia y las redes familiares, aun cuando en muchos momentos puedan ser fuente de sufrimientos hondos son también espacios de solidaridad, de cariño, de compartir lo simple y lo profundo de la vida y ello nos hace felices, a pesar de todo.


Finalmente, esa felicidad aun en los peores momentos nos consuela porque somos una cultura muy emocional. Esa emotividad es riqueza humana grande pero puede ser también limitación. Nos conformamos con sentirnos bien o con indignarnos juntos, pero ello no necesariamente arregla los problemas de fondo que nos hacen padecer. La tristeza nos acecha aunque con la alegría y el optimismo la escondemos, hasta donde se deja. Tal vez corrigiendo el título podemos decir que en el fondo somos un país tristemente feliz, pero feliz por encima de todo.

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