lunes, 11 de marzo de 2013

EL CONCEPTO CÓNCLAVE


El vocablo “cónclave” es una palabra de origen latino admitida en el uso de la lengua española y definida por la RAE como “junta de cardenales de la Iglesia Católica, reunida para elegir al Papa”. La segunda acepción de “cónclave”, cuyo significado etimológico es “lo que se cierra con llave”, define a esta palabra como el “lugar donde se reúnen los cardenales para elegir Papa”. Su sentido eclesial y canónico es el mismo que acaba de ser descrito. 

En las vísperas ahora de un nuevo cónclave, el que ha de elegir el sucesor del Papa Benedicto XVI, he aquí los orígenes de las elecciones pontificas –con una mención expresa y glosada al cónclave más célebre de la historia, el de Viterbo, en 1270-1271, y algunos sobre ante el cónclave de marzo de 2013. 

Los orígenes 

La elección del Obispo de Roma -y, por ende, el pastor supremo de la Iglesia Universal- experimento durante el primer milenio del cristianismo algunas oscilaciones. Entre los siglos I al IV, años y centurias de implantación primera, de catacumbas y de persecución, el clero y el pueblo cristiano de Roma elegían a quien había de ser su pastor, generalmente un diácono, quien debía ser ordenado obispo. El clero y el pueblo romano continuaron como electores de su obispo en los siglos IV al VIII, si bien, una vez que el Imperio Romano y Bizantino profesó la fe cristiana, esta elección debía ser ratificada por el Emperador, que otorgaba esta confirmación a través del Exarca de Rávena habida cuenta de que la capital del Imperio se desplazó a Constantinopla. 

Tras ensayarse distintas fórmulas mixtas en los siglos IX y X, siglos oscuros y de hierro, en el año 1059 el Papa Nicolás II, uno de los llamados Papas reformadores de Lorena, en referencia a la localidad franco-alemana del mismo nombre, hace público un decreto sobre la elección papal, reservándola a los cardenales obispos, abriéndola a personas no romanas y requiriéndose todavía el asentimiento del clero y del pueblo. 

En 1130 comenzó a aplicarse ya de manera definitiva esta normativa, que, en 1179, incluyó, mediante decretal del Papa Alejandro III, la necesidad de que el candidato elegido obtuviera los dos tercios de los votos para que la elección fuera válida. 

Votaciones y “fumatas” 

En la primera sesión de votaciones en la tarde del día primero, que solo hay una votación y correspondiente comunicado a través de la “fumata”, en el resto de las sesiones hay dos votaciones. Cada sesión electoral de mañana y de tarde es seguida de la “fumata”. Esto es, en el día primero, por la tarde, tras la primera votación; y a partir de ahí, salvo elección, cada dos votaciones, en torno, pues, a las 12 horas o a las 19 horas. 

Eso sí, si la mayoría requerida de dos tercios, se produjera en la segunda, cuarta, sexta u octava votación, se adelantaría la “fumata”, de color, pues, blanco, con la inequívoca señal de la elección pontificia. 

Después de tres días de votaciones sin resultado, el cuarto día los cardenales tendrían una jornada de retiro y de reflexión, y así hasta el escrutinio treinta y tres –que según disposición de Benedicto XVI, de 11 de junio de 2007- las votaciones tendrían como únicos candidatos a los dos cardenales más votados y se alcanzaría la elección con, al menos, la mayoría cualificada de los votos, los dos tercios. 

Durante todos los días del cónclave, tanto en la capilla sixtina como en la residencia de Santa Marta –donde se alojan- los cardenales, está terminantemente prohibido y bajo graves penas canónicas, cualquier tipo de comunicación con el exterior, incluidas, por supuesto, las nuevas tecnologías. 

El humo de la chimenea 

El humo que de la chimenea de la capilla sixtina comunica los resultados –la “fumatta bianca o la fumatta nera”- sale de la destrucción de las papeletas, que son quemadas, en las que los cardenales electores han escrito sus votos y de las notas que hayan podido tomar durante los escrutinios. Todos estos papeles se atan y cosen en una especie de cuerda. Se pide además a los cardenales que, en la medida de lo posible, disimulen su letra para evitar ser reconocidos por la caligrafía. 

En esta ocasión, se han instalado dos estufas, una para que produzca la fumata blanca y otra la negra. Se queman con papeles, amén de con un producto químico para darle el color correspondiente, con paja. Si la paja es húmeda y las papeletas se queman humedecidas, el color que saldrá al exterior será blanco, la señal inequívoca, inefable y gozosa del “Habemus Papam”. Si se queman sin humedecer, el color será negro: los cardenales han seguir votando… 

!Habemus Papam! 

Mientras tanto, la Plaza de San Pedro se habrá llenado ya de cientos de miles de personas, alertadas por la “fumata bianca”, los medios de comunicación y el repiquetear solemne y festivo de las campanas. 

El cardenal prodiácono, el francés ya citado Jean-Louis Tauran, acompañado de ceremonieros, saldrá al balcón o logia central de la basílica vaticana para anunciar a la urbe (Roma) y al orbe (el mundo entero) el nombre del nuevo Papa. Lo hará también en una bien consagrada y conocida fórmula latina: Anunúntio bobis gaudim magnum; habemus Papam!: emnimentisismus ac reverendisimus dóminun, dóminum… (citará en latín el nombre propio), sanctae romanae ecclesiae cardinalem (dirá el apellido), qui sibi nomen imposuit…. (dirá el nombre que ha elegido para ser Papa).

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